Lo habíamos buscado el 2001 para entrevistarlo para la revista Perú Económico, a pocos días de la segunda vuelta que disputarían Alejandro Toledo y Alan García. El tema era el mismo que el de hoy, y el mismo que se presentaría también luego en la segunda vuelta electoral del 2006. Por entonces, era nuestro actual Primer Mandatario el que generaba los mayores temores. Pero antes de su retorno al Perú, era Alejandro Toledo quien era visto con cierta desconfianza. Los promotores del “modelo” creyeron durante mucho tiempo que Alberto Fujimori era el único capaz de asegurar su continuidad, a pesar de que en su segundo mandato frenó todo el proceso de reformas y era conocido que jamás había estado convencido de ellas. “El amor es ciego”, dice el refrán. Alejandro Toledo terminó demostrando más convencimiento, y Alan García, ni qué decir.
Y entonces, el 2001, como hoy, estaba latente la pregunta: ¿Está el Perú camino a moverse nuevamente hacia el otro lado del péndulo?
Efraín Gonzales de Olarte, economista, investigador y docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, había publicado en 1991 Péndulo peruano, un libro que recorre los gobiernos del Perú desde el año 1950 para encontrar los factores estructurales comunes que explican por qué el modelo había cambiado drásticamente cada veinte años: en 1950, en 1970 y en 1990, años todos aproximados. Dos décadas después del último movimiento, con razón o sin razón, un candidato despierta esos temores. ¿Es posible que el Perú se mueva nuevamente hacia el otro lado?
Péndulo peruano detecta tres variables principales como las impulsoras del cambio: crisis económica, crisis institucional y fragmentación social. Lo único de lo que podemos estar seguros es que hoy el Perú no padece la primera.
Sí, algunos indicadores han mejorado, pero otros no. El Banco Mundial acaba de emitir un informe en el que afirma que tras diez años de un notable crecimiento, la desigualdad de ingresos entre trabajadores apenas si ha mejorado, y está muy lejos de resolverse. A pesar de ello, creo que la fragmentación es más de carácter político que social. Las entidades políticas son las que te ayudan a organizar la sociedad. Su fragmentación tiene que ver con la crisis institucional, que es lo que no se ha encarado, aunque también con la fragmentación social. No hay un partido que represente a la clase media. El APRA no lo es, e incluso los partidos de izquierda están mimetizados tras un ex militar. Es bien importante que cuando se defienden intereses [por ejemplo, sobre las políticas económicas], las distintas capas de la sociedad tengan un “abogado”, un sindicato, un partido que los defienda, [que] enfrente al gobierno y empuje las cosas. Pero en un escenario de fragmentación, cualquier gobierno puede hacer cualquier cosa.
¿Condición suficiente para que el péndulo se mueva de nuevo?
No. Creo que en las circunstancias actuales es menos probable un movimiento del péndulo. Ahora tenemos un boom de crecimiento y un Estado con dinero, aunque la insatisfacción por la mala distribución genera supuestamente un escenario propicio para el cambio. Sin embargo, una desaceleración de la economía mundial puede generar un escenario de crisis externa y condiciones para ajustes drásticos en las políticas económicas.
Y hay ingredientes adicionales. Como un hartazgo frente a la corrupción, que la población considera entre los principales problemas del país.
Genera una desconfianza tremenda, sobre todo en los candidatos que ya han pasado por el gobierno. Esta administración no ha hecho nada para enfrentar este problema; todo lo contrario, se ha esforzado por disimularlo. Y a este problema se suma el de la inseguridad, otra de las preocupaciones principales que expresa hoy la población. En todas partes del mundo aumenta la inseguridad cuando la economía empieza a crecer. ¿Por qué? Por las diferencias. La inseguridad y la corrupción son dos elementos creados o fortalecidos, digamos, en los últimos veinte años. Entonces, generan condiciones no tan objetivas o medibles, como sí lo son las crisis, la inflación, la pobreza, para que haya un baldazo pendular. La sensación es que el Estado y la clase política no están funcionando.
El voto por Humala es un voto de protesta: “Ya que los otros no han hecho nada por estos problemas, quizás este hace algo”.
Así es, es una cuestión de percepciones. El asunto es qué factores van a pesar más. Tuvimos por lo menos tres candidatos que proponían lo mismo, que si se hubieran juntado, si hubiesen cooperado, podrían haber obtenido 40% de los votos; pero cada uno quiso [creer] o creyó que ganaría solo. Esa es la prueba de que hay una fragmentación política, que la gente percibe y que le molesta. La desigualdad y la crisis institucional son las que, en teoría, están empujando el carro a que haya la posibilidad de un cambio brusco.
Y entonces, ¿por qué crees que el péndulo no se va a mover? ¿O que no se va a mover tanto?
Creo que para tener el panorama completo hay que ver lo que pase en el Congreso, asumiendo que no haya exabruptos. Claro, este es para algunos el escenario final, y a eso quiero llegar, pero asumamos que no se patea el tablero. Se respetan, digamos, las normas democráticas y se instala el gobierno menos deseado por la mayoría, pues tenemos que votar por el menos pésimo, ya no por el menos malo. En ese escenario, el presidente tiene que hacer alianzas. Lo primero que pide son cien días de “luna de miel”, pero para eso necesitas que el Congreso te autorice decretos leyes, medidas que el Ejecutivo propone sin gran oposición del Legislativo. Para eso necesitas un primer acuerdo, y ese acuerdo necesitas negociarlo. Esa negociación va a llevar al gobierno a hacer concesiones. Y las concesiones pueden venir antes, de pronto de un gabinete multipartidario, y eso puede reducir la presión. Tienes que tratar de gobernar el país, y para eso se necesita de coaliciones. Pero está claro que se si patea el tablero, estaremos frente a un movimiento del péndulo, pues este siempre [se ha dado] [...] en condiciones no democráticas. Por ello, si defendemos la democracia y sus instituciones, estaremos impidiendo que el péndulo se mueva.
Asumamos que se dan esas coaliciones…
Entonces lo que se va a dar en primera instancia son probablemente dos o tres medidas para darle credibilidad a un eventual gobierno de Humala: regalías mineras, negociación de Camisea, salario mínimo y demandas sociales, etc. Pero, para evitar una fuga de capitales y de potenciales inversiones o inversionistas, también tendrá que dar señales amistosas al mercado. Él mismo va a tener que demostrar en los primeros meses que lo que dijo, corrigiéndose de su plan de gobierno inicial, era verdad. Necesita credibilidad para tener legitimidad. No va a poder hacer mucho más, pues cuando reciba el gobierno, el presupuesto estará ya encaminado. Habrá que ver cómo se reformula el presupuesto para el siguiente año. Otro momento clave será la CADE, pues ahí Humala tendría que hacer, o reforzar, las paces con el sector privado, porque mi hipótesis es que él no quiere ser Chávez, él quiere ser Lula. Quiere demostrar que no va a ser un gobierno de extrema izquierda sino de centro-izquierda. Además, esa es la razón por la cual le ha quitado votos a Toledo, porque ha comenzado a dar la sensación de que está en la centro-izquierda. Ahora bien, si el contexto internacional se pone muy turbulento, el efecto de la inflación puede ser malo y generar inestabilidad; la inflación es una variable económica con un contenido político muy alto.
Cuando se veía que Lula podía ganar la presidencia, despertó el mismo nivel de temores que Humala. Recién ahora se lo mira sin miedo.
Lula es un político, Humala no lo es. Y la preocupación principal son las diferencias entre ambos. Lula viene de la clase trabajadora y es muy “canchero” en lo social. Pero Humala no. Él es un militar que quiere ser demócrata, pero es un militar que nunca ha negociado nada, porque a un militar no le enseñan a negociar. Además, otra cosa que me preocupa es el referente institucional, porque uno se pregunta: ¿cuál es el referente institucional de PPK?, pues el sistema financiero; de Toledo, se podría decir que el lado académico; pero ¿cuál es la pertenencia institucional de Humala? Las Fuerzas Armadas.
Y eso es lo que más preocupa. Porque asumamos que su discurso es sincero. ¿Qué pasa si las cosas no le van bien, como con el tema de la inflación, o si la derecha es una oposición muy radical? En Chile, cuando ganó la Concertación, la derecha y el sector privado se asustaron, el país se polarizó. Hubo un período de negociación hasta que al final se llegó a un pacto fiscal que es hoy referente en los estudios internacionales. ¿Qué pasa si en el Perú no conseguimos ese pacto?
Ese es el punto que preocupa, porque Humala es finalmente un militar. Recuerdo un libro llamado Los economistas de Pinochet, en el cual, entre otras anécdotas, se cuenta cómo las decisiones económicas finales las tomaba él con su gabinete y tres militares de confianza. Te acordarás de cuando el sistema financiero chileno pidió el rescate de los bancos. Pinochet dijo que no y los asesores economistas insistían en que sí debía hacerse. Cuando consultó a su círculo íntimo militar, le dijeron: “No se rescata”, y ahí murieron un par de bancos y se tuvo que rehacer el sistema. Entonces, ¿cuáles son las referencias de Humala? No lo sabemos.
¿Qué pasa si los empresarios se ponen duros?
Los empresarios no se van a poner duros, porque tienen muchos intereses que perder. [E incluso si] [...] se pusieran recios, la economía está en uno de los mejores momentos de la historia económica del Perú. Humala tendría campo para manejarse, solo necesita tener un baño de aceptación, un período de transición en el cual se convierta en el “Lula peruano”, y [quizás] [...]hace una buena política. Ahora, en la cuestión social sí se va a encontrar con un problema serio, porque el Estado es muy débil. Alan García pudo haber reducido mucho más la pobreza, sobre todo extrema, si el Estado funcionase. Pero lo que hizo fue espantar a los mejores cuadros del Estado, y un Estado sin funcionarios de buena calidad no funciona por más que tengas un millón de empleados y plata para gastar. Si bajas los sueldos a esos funcionarios, no solamente incitas la desmoralización, sino que incitas a la corrupción, que es el enemigo principal de un Estado como el peruano. La política social se tiene que hacer con un Estado que funcione, y ese es el gran desafío de cualquier candidato que gobierne. Necesitamos que el Estado empiece a funcionar inmediatamente. Se necesitan medidas rápidas para que, por ejemplo, los recursos del canon se inviertan, porque son recursos que han podido llevar más desarrollo a varias regiones. El problema es que si tú quieres ser estatista tienes que tener un Estado que funcione, y en los planes de gobierno no he visto nada de cómo resolver el problema del Estado. Incentivos, castigos, reorganizaciones o presupuestos por resultados, etc.
Al inicio mencionabas que una de las condiciones que presionan para un movimiento del péndulo es la desigualdad. ¿Qué cosa implica reducir las brechas tan marcadas que existen?
Este es un tema de fondo. Hay dos áreas en las que hay que trabajar para disminuir la desigualdad, y no son áreas que tengan que ver con las políticas sociales. La primera tiene que ver con las políticas sectoriales; es decir, que el Estado tenga una política de promoción de la inversión muy asociada con el sector privado en sectores que generan mucho empleo, y que sus encadenamientos generen una segunda etapa de generación de puestos de trabajo. La solución a largo plazo de la pobreza es que si un presidente entra con el 45% de asalariados sobre el total de la fuerza laboral, cuando se vaya debería dejarlo en 60%. Si tú llegas a tener el 60% de la población asalariada, el problema de la desigualad comienza a retroceder. ¿Por qué? Porque para que haya ese 15% más de empleados necesitas más inversión, necesitas además cierta calidad de la inversión pública, y ahí vienen entonces los planes sectoriales, para los campesinos, para los pequeños empresarios urbanos, para que se integren de una manera progresiva a los mercados de bienes, de trabajo y capital en aquellos sectores como la agroindustria, las industrias que utilizan insumos nacionales y los servicios vinculados al turismo.
Hoy el Perú crece, crece el empleo, pero la desigualdad se sostiene.
Se sostiene porque abajo no se crece a la misma velocidad que arriba. Mira la situación del campo en el Cusco. Las zonas más urbanas están avanzando, los pueblitos del Valle Sagrado han avanzado, pero caminas a 10 kilómetros y esas comunidades campesinas están igual que hace treinta años. Creo que lo que hay que hacer es despoblar el campo por absorción de mano de obra de las ciudades, y para eso hay que crear más inversión en industrias, servicios, turismo, etc.; pero para eso tiene que existir la idea de que ese es el camino. En el campo no hay futuro sobre todo para los campesinos más pobres, dadas las malas tierras y tecnología que tienen. Las condiciones están dadas hoy para hacerlo. El tipo de cambio atrasado, que es un problema para muchos sectores de baja productividad, es una bendición para los que quieren invertir, porque el capital es el factor efectivamente más barato. Entonces puedes traer maquinaria, puedes traer tecnología con menor costo que hace años. Esto es una oportunidad que hay que aprovechar. Así empiezas a generar un aumento de la productividad: muchos de esos sectores se van a volver exportadores de productos con valor agregado; y una vez que tienes eso, se empieza a conformar un círculo virtuoso, porque empiezas a exportar con alta productividad, lo cual te permite pagar mejores salarios; y los salarios te permiten generar una mayor demanda interna: el círculo virtuoso se completa. Las políticas sectoriales son bien importantes, porque además las tienen que manejar los gobiernos regionales. Los empresarios están en las regiones; en ese espacio, el Gobierno central solo define la política de inversión de largo plazo.
La idea de escoger sectores causa miedo en algunos grupos con dogmas muy marcados.
El Estado no tiene que funcionar de manera autónoma, tiene que funcionar en asociación con el sector privado. El Estado y el sector privado tienen que amistarse con intereses mutuos. Necesitamos una vía de cooperación.
La ausencia de estos enfoques para la política social y sectorial puede explicar el voto rural o urbano-marginal por Humala. ¿Cómo explicar el voto más urbano o de clase media, que también tiene?
Me parece que ahí se manifiesta otro voto de desigualdad, de queja, de voz de protesta. Y yo creo que eso pasa porque los candidatos que se presentaron tienen antecedentes de corrupción, de promesas nada nuevas, y lo que Humala propone es un cambio. Se ha diferenciado. Como dicen los “marketeros”, es un producto diferenciado.
El miedo mayor es que Humala sea Chávez. ¿Has tenido oportunidad de ver en qué condiciones Chávez asumió el gobierno por primera vez?
Chávez entró en un momento de crisis, de desánimo. Una crisis económica y política, de falta de credibilidad del sistema. Con Carlos Andrés Pérez se cayó la credibilidad en los dos grandes partidos políticos en Venezuela. Había crisis política y corrupción.
Lo que hay es una fragmentación política y desigualdad social.
En el Perú no hay una crisis económica, hay una crisis política medio asolapada para las mayorías.
Y hay un gran problema con la sensación de corrupción.
Ese es el tema. Pero ese es un tema que afecta las elecciones y la eficacia del gobierno, mas no afecta la gobernabilidad. Los péndulos siempre se han dado en etapas críticas. Y ahora no estamos en una de esas.
Bolivia y Correa en Ecuador también pasaron por ese momento.
Claro. Bolivia, durante doce años, tuvo “el equilibrio del fondo del hueco”. La economía boliviana era muy estable pero no lograba crecer, no lograba salir. Hicieron todo lo posible para mejorar. Ellos han hecho la descentralización más radical de América Latina: distribuyeron los recursos a la gente de manera casi directa, generaron la Ley de Participación Popular. Pero ahí nomás quedó. El problema de Bolivia es la falta crecimiento. Con Evo, ha empezado a crecer un poco, pero el problema es que su crecimiento se ha debido siempre a dos productos (gas y estaño), y ahora están esperanzados en el cadmio. Correa, con una economía petrolera y otros sectores exportadores, heredó una economía formalmente dolarizada, que ha pasado a depender del precio internacional del petróleo, pero el desafío sigue siendo cómo reducir la pobreza.
¿Cuánto se ha avanzado en el Perú en el tema de la descentralización productiva?
En el Perú, curiosamente, las cosas se resuelven por sí solas. Y se ha avanzado en parte con el empuje del sector privado, gracias a la estabilidad de la economía. Ahí tienes a Ica y toda la costa norte como centros de crecimiento. El sur está comenzando a resucitar. El problema de regiones como el Cusco es que son muy dependientes de una actividad, en este caso del turismo. Todo lo que es zona turística está bien, pero el resto está como hace cuarenta años, hay un problema de cómo integrarlos. La desconcentración económica sí se está dando, pero no se debe a la descentralización estatal, porque todavía el Estado no ha logrado ser eficaz. Todos los gobiernos regionales están aprendiendo a gestionar, los gobiernos locales incluso están aprendiendo a gastar. Yo creo que en unos cuatro o cinco años las propias regiones van a ser factores de descentralización económica. El Perú va a ser próspero cuando se desconcentre económicamente. Los centros comerciales son un reflejo de que ha habido un avance y de que habrá un avance, porque generan dinámica económica, generan expectativas. Esto podría estar en juego si el próximo gobierno, cualquiera que sea, se vuelve autoritario y tiene la tentación de centralizar todo, como en la época de Fujimori.
Entonces, ¿cuáles son los factores que llevarían a que no se mueva el péndulo?
El crecimiento. Yo diría que incluso la propia fragmentación política obliga a negociar y reduce las posibilidades del péndulo, aunque no hay que descartar un gobierno con minoría en el Congreso que en algunos meses sienta la tentación de hacer lo mismo que Fujimori: cerrar el Congreso. La fragmentación puede ser también un factor favorable para que no se mueva o se mueva poco. Pero los efectos en contra son, en orden: corrupción, desigualdad e inseguridad.
Pero ¿entonces se moverá de todas maneras, aunque sea un poco?
Tiene que moverse en función de los resultados electorales y de las alianzas políticas antes de la segunda vuelta.
Waldo Mendoza ha escrito una columna en la que demuestra cómo en todos los gobiernos anteriores lo que ha determinado la política económica es quién es designado como ministro de Economía y quiénes están en el gabinete. Afirma que eso es más importante que el plan de gobierno para predecir qué pasará.
Es cierto. Y eso es consecuencia de la fragmentación política. Porque con un partido ya sabes de antemano quiénes pueden integrar un gabinete. Es claro que necesitamos saber quiénes serían los principales funcionarios de cualquiera que gane las elecciones, en las actuales circunstancias.
¿Keiko Fujimori podría ser una presidenta populista?
Claro, y aun más que Humala, porque sus bases son las bases de su papá. Y su papá era un populista. El fujimorismo se basó en tener contentos a los empresarios e inversionistas a la vez que repartía buzos, y construía escuelas y postas médicas para los pobres, en lugar de promover el empleo para ellos.
El empresariado ve con buenos ojos la mezcla de neoliberalismo con populismo, parece que considerasen que en el largo plazo es beneficioso.
Ese escenario funcionó con Fujimori porque era una dictadura: políticas macro para los ricos, y lo que genere esa política macro de desigualdad, lo compenso con política social, y yo mismo me encargo de esas políticas. Reparto ollas cuando hay huaico, su colchón cuando haya heladas. Fujimori hacía eso; entonces descubrió el secreto de la gobernabilidad del país, porque a todos los tenía contentos. Y es por eso que aún lo recuerdan. En estos populismos no se respeta la dignidad de los pobres.
¿Qué riesgos ves en un eventual gobierno de Keiko Fujimori?
Yo creo que los que quieren votar por ella se están olvidando de principios morales y éticos que hacen una sociedad civilizada y próspera en el largo plazo. Los que digan que Keiko es el mal menor frente a Humala, es porque lo que hizo [Alberto] Fujimori los benefició y están esperando nuevos beneficios. Desconocer que lo que hizo Fujimori no estuvo bien, que traicionó a sus votantes y barrió con la democracia y los partidos políticos, la corrupción y violación de derechos humanos, es como aceptar que se puede hacer negocios sin preocuparse por la forma como se hacen, y esto no es ético. Eso, en el largo plazo, revierte contra ellos. Además, ¿quiénes serían los ministros en el caso de Keiko? ¿Quién gobernaría? Fujimori es el reflejo de la crisis ética y moral que hemos heredado de su gobierno, y hoy estamos divididos entre [aquellos a quienes] [...] nos importa la ética y [aquellos a quienes] [...] no les importa. Esa es la diferencia entre un país civilizado y un país decadente.
¿Cómo ves el escenario Humala – Fujimori?
Humala tiene el beneficio de la duda. En cambio, en el otro caso ya sabemos lo que va a pasar. Keiko es articulada pero la camiseta le va a quedar muy grande; entonces le va a pedir auxilio a las personas que ya conocemos, y sabemos cómo funcionan esas personas. Con ella también existe la posibilidad de que tengamos un gobierno duro.
Entonces no hay salida: por un lado, las posibilidades del retorno del péndulo y por el otro, el retorno de Fujimori.
Creo que sí hay salida, y esta va por impulsar un gobierno con concertación previa de algunos puntos que deberían constituir las vigas maestras por respetar, por cualquiera que sea elegido. Me refiero a: respeto a la democracia y sus instituciones, a la propiedad privada establecida legítimamente, a los derechos humanos, a la descentralización, a la inversión privada, respeto al Estado de derecho, en lo esencial. Pero se necesita un ingrediente adicional, dada la fragmentación y crisis de las representaciones políticas; un ente fiscalizador de las acciones del gobierno que represente a la sociedad civil, que podría ser el Acuerdo Nacional reforzado con otras instituciones y personalidades, y con capacidad vinculante. Si esto se lograra, creo que habría razones para ser optimista, y que el péndulo no se mueva y el pasado no regrese.









